Cuando era niño, había ciertas preguntas que surgían y tenían que ser respondidas… o al menos había que plantearlas, si no era posible hallar una respuesta definitiva.
Una era qué pensabas del juego perfecto de Don Larsen en la Serie Mundial, si había sido habilidad, destino o pura suerte. Otra concernía a lo que había en el centro de las bolas de golf. Es decir, todos sabíamos qué había debajo de la superficie blanca abombada: millones de ligas de hule. Pero había algo más en el mero centro, un líquido que algunos creían era el más venenoso del mundo, otros que era una sustancia tan corrosiva que de inmediato se comería tus dedos hasta el hueso, y otros que era una sustancia que explotaría si tocaba el pavimento caliente.
Estaba la pregunta de por qué todos los personajes de Disney usaban guantes, o si existía alguna colección completa de las tarjetas coleccionables verdes de Davy Crockett (las rojas eran fáciles de conseguir, pero las verdes eran extrañamente escasas); o si saldrías de cabeza en China si en verdad fuera posible cavar por el centro de la Tierra hasta el otro lado.
Esas eran las preguntas que nos hacíamos cuando ya estábamos muy cansados para seguir nadando y nos tirábamos en la playa, o al caminar a casa desde el campo de béisbol en el dulce ocaso del verano con tus pies ardiendo dentro de los zapatos, o antes de dormirse en los campamentos.
Y una de las preguntas siempre era ¿A quién prefieres, a Superman o a Batman?
Yo siempre escogía a Batman.

Esto no quiere decir que no me guste Superman; déjenme asegurarles a todos los que estén clamando por mi sangre (incluyendo editores, guionistas y entintadores que darían sus vidas, su honor y sus sagrados cheques para proteger la imagen y el buen nombre del Hombre de Acero) que me gustaba muchísimo. No podría no gustarte porque era de los buenos (y, contrariamente a lo que creen algunos amargados tanto entonces como ahora, los niños sienten una atracción natural por los buenos… gracias a Dios), porque tenía todos esos grandes poderes, porque tenía ese atractivo conjunto de enemigos con quienes combatir (incluyendo a ese duendecito del nombre impronunciable, -que nosotros solíamos pronunciar Mixtaplik– y que para mandarlo a la cuarta dimensión debía ser engañado para que dijera Kilpatzim o algo así), porque tenía amigos geniales (como Perry White, que era J. Jonah Jameson mucho antes que el lanza-redes se graduara de los pañales a los calzoncitos entrenadores).

Batman en cambio, era solo un tipo.
Un tipo rico, sí. Un tipo fuerte, seguro. Un tipo inteligente, sin duda.
Pero… no podía volar.

El súper aliento era difícil de creer, pero un tipo que llevaba un pequeño compuesto disolvente (para esas molestas sogas que los ladrones insisten en usar para atarte) en un bolsillo de su cinturón utilitario, una poderosa linterna en otro y una útil y rápida anestesia en otro (Batman ponía a dormir a la gente con dardos tranquilizantes antes de que realmente se empezaran a utilizar para sedar animales y personas)… bueno, esa clase de tipo era mi clase de tipo.

Había algo siniestro en él.
Así es. Lo que oyeron.
SINIESTRO.

Oh, sí, lo podíamos ver combatiendo el crimen de día a veces, pero él era más que nada una silueta en las sombras o un hombre-cosa de gesto adusto atravesando una ventana a altas horas de la madrugada, con su capa flotando a su alrededor como una gran sombra. En esos cuadros en que Batman irrumpía en escena, uno veía casi siempre una horrenda clase de miedo en las caras de los matones a los que estaba por tirar por el inodoro, y yo siempre me sentí fuertemente identificado con esas expresiones.
Sí, pensaba yo (y sigo pensando), sentado bajo un árbol en mi jardín, o en la tina, o en el excusado (o de niño bajo las cobijas, con una linterna). Sí, eso es, deben tener miedo. Yo seguramente lo tendría si se me apareciera algo así. Tendría miedo aunque no estuviera haciendo nada malo.
La noche era su tiempo, la oscuridad era su lugar; como el murciélago del que tomó el nombre, él podía ver con sus manos, pies y oídos. Como Bruce Wayne era alegre, fino, lleno de pericia y bonhomía, un tipo fácil de imaginar frente a la chimenea en su biblioteca colmada de libros con una copa de brandy y un tazón de botanas de queso a la mano. Pero cuando la batiseñal flotaba contra uno de los rascacielos de Gotham (o tal vez en la parte inferior de una nube pasajera), una criatura lúgubre y sin sonrisa emergía de la bati-cueva. Si le disparabas, sangraba…, si le ponías un buen golpe en la cabeza, se desmayaba (al menos por un rato)… pero nunca, nunca podías detenerlo.

Hubo un tiempo, no me molesta contárselos, en que recuerdo haber ido a mediados de cada mes a sondear cuidadosamente (y un poco ansiosamente) los kioscos, seguro de que el Cruzado Enmascarado habría desaparecido, un personaje que simplemente había entrado a ese silencioso salón de la oscuridad a donde otras grandes creaciones como J’onn J’onzz el detective marciano, Plastic Man, los Blackhawks, Captain Marvel y Turok, se habían ido antes que él.
Parece que me equivoqué al preocuparme.
Parece que no se puede acabar con un buen murciélago.

Me gustaría felicitar al Cruzado Enmascarado por su larga y valiente historia, agradecerle por las horas de placer que me brindó y desearle muchos años más de lucha contra el crimen.
Dales duro, grandulón. Que tu batiseñal nuca falle, que a tu batimóvil nunca se le acaben las píldoras nucleares que lo propulsan, que tu cinturón utilitario nunca resulte fatalmente desabastecido en el momento incorrecto.
Y, por favor, nunca irrumpas por mi tragaluz en medio de la noche. Probablemente me dé una hemorragia cerebral de tanto miedo…
Y, además, grandulón, yo estoy de tu lado.
Siempre lo estuve.
*Publicado originalmente en Detective Comics #400 (octubre de 1986). Traducido para el especial de Comikaze y La Mole Comic Con (marzo 2014) por Alfredo Villegas.
Esto es literal un copy paste porque no lo quise arruinar
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