martes, octubre 13, 2015

Miss X



Miss X, sí, la menuda Miss Equis,
llegó, por fin, a mi esperanza:
alrededor de sus ojos,
breve, infinita, sin saber nada. 

Es ágil y limpia como el viento
tierno de la madrugada,
alegre y suave y honda
como la yerba bajo el agua. 

Se pone triste a veces
con esa tristeza mural que en su cara
hace ídolos rápidos
y dibuja preocupados fantasmas. 

Yo creo que es como una niña
preguntándole cosas a una anciana,
como un burrito atolondrado
entrando a una ciudad, lleno de paja.

Tiene también una mujer madura
que le asusta de pronto la mirada
y se le mueve dentro y le deshace
a mordidas de llanto las entrañas.

Miss X, sí, la que me ríe
y no quiere decir cómo se llama,
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,
que me ama pero que no me ama. 

Yo la dejo que mueva la cabeza
diciendo no y no, que así me cansa,
y mi beso en su mano le germina
bajo la piel en paz semilla de alas. 

Ayer la luz estuvo
todo el día mojada
y Miss X salió con una capa
sobre sus hombros, leve, enamorada. 

Nunca ha sido tan niña, nunca
amante en el tiempo tan amada. 

El pelo le cayó sobre la frente,
sobre sus ojos, mi alma. 

La tomé de la mano, y anduvimos
toda la tarde de agua. 

¡Ah, Miss X, Miss X, escondida
flor del alba!

Usted no la amará, señor, no sabe.
Yo la veré mañana.








Jaime Sabines

viernes, octubre 09, 2015

Los amorosos

Los amorosos callan. 
El amor es el silencio más fino, 
el más tembloroso, el más insoportable. 
Los amorosos buscan, 
los amorosos son los que abandonan, 
son los que cambian, los que olvidan. 

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, 
no encuentran, buscan. 
Los amorosos andan como locos 
porque están solos, solos, solos, 
entregándose, dándose a cada rato, 
llorando porque no salvan al amor. 

Les preocupa el amor. Los amorosos 
viven al día, no pueden hacer más, no saben. 
Siempre se están yendo, 
siempre, hacia alguna parte. 
Esperan, 
no esperan nada, pero esperan. 

Saben que nunca han de encontrar. 
El amor es la prórroga perpetua, 
siempre el paso siguiente, el otro, el otro. 
Los amorosos son los insaciables, 
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos. 
Los amorosos son la hidra del cuento. 

Tienen serpientes en lugar de brazos. 
Las venas del cuello se les hinchan 
también como serpientes para asfixiarlos. 
Los amorosos no pueden dormir 
porque si se duermen se los comen los gusanos. 
En la oscuridad abren los ojos 
y les cae en ellos el espanto. 
Encuentran alacranes bajo la sábana 
y su cama flota como sobre un lago. 

Los amorosos son locos, sólo locos, 
sin Dios y sin diablo. 
Los amorosos salen de sus cuevas 
temblorosos, hambrientos, 
a cazar fantasmas. 
Se ríen de las gentes que lo saben todo, 
de las que aman a perpetuidad, verídicamente, 
de las que creen en el amor 
como una lámpara de inagotable aceite. 

Los amorosos juegan a coger el agua, 
a tatuar el humo, a no irse. 
Juegan el largo, el triste juego del amor. 
Nadie ha de resignarse. 
Dicen que nadie ha de resignarse. 
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. 
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, 
la muerte les fermenta detrás de los ojos, 
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada 
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. 

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, 
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, 
complacidas, 
a arroyos de agua tierna y a cocinas. 
Los amorosos se ponen a cantar entre labios 
una canción no aprendida, 
y se van llorando, llorando, 
la hermosa vida.

Jaime Sabines.

lunes, octubre 05, 2015

Te dejo en libertad

Te dejo en libertad,
no preguntes porque,
porque si te lo explico
corro el riesgo de caer
en la tentación de olvidar
las cosas que no debo olvidar.


Soy tan vulnerable a ti,
tienes ese don de hacerme caer
en el infierno de tus ojos,
tienes esa facilidad de convencerme
en volver a probar del veneno de tus labios;
corro el riesgo de volver a naufragar
en el océano de tu cuerpo.


Te dejo en libertad
para que surques tu cielo,
para que vueles como esas golondrinas
que van de estación a estación
buscando primaveras.


Yo me quedaré aquí
besando mi soledad,
abrazado a este otoño,
desojando una a una mis tristezas.
Me quedaré aquí
haciendo compañía 
a esas tardes nostálgicas
que se consuelan pintando
de color su cielo.


Esconderé mis tristezas
detrás de las sombras
que deja el ocaso al descansar,
sepultaré mi dolor en las entrañas
de la noche, esperando
que un amanecer me regale
una gota de rocío que me haga retoñar.



( por )
Mateo Hernández